El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —Pero yo no quiero cambiar de nombre, Harry —replicó la duquesa, obsequiándole con una maravillosa mirada de reproche—. Me gusta mucho el que tengo, y estoy seguro de que al señor Gray también le satisface el suyo.
—Mi querida Gladys, no os cambiarÃa el nombre por nada del mundo a ninguno de los dos. Ambos son perfectos. Pensaba sobre todo en las flores. Ayer corté una orquÃdea para ponérmela en el ojal. Era una pequeña maravilla jaspeada, tan eficaz como los siete pecados capitales. En un momento de inconsciencia le pregunté a uno de los jardineros cómo se llamaba. Me dijo que era un hermoso ejemplar de Robinsoniana o algún otro espanto parecido. Es una triste verdad, pero hemos perdido la capacidad de poner nombres agradables a las cosas. Los nombres lo son todo. Nunca me quejo de las acciones, sólo de las palabras. Ése es el motivo de que aborrezca el realismo vulgar en literatura. A la persona capaz de llamar pala a una pala se la deberÃa forzar a usarla. Es la única cosa para la que sirve.
—Y a ti, Harry, ¿cómo deberÃamos llamarte? —preguntó la duquesa.
—Se llama PrÃncipe Paradoja —dijo Dorian.
—¡No cabe duda de que es él! —exclamó la duquesa.