El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —De ninguna de las maneras —rió lord Henry, dejándose caer en una silla—. ¡No hay forma de escapar a una etiqueta! Rechazo ese tÃtulo.
—La realeza no debe abdicar —fue la advertencia que lanzaron unos hermosos labios.
—¿Deseas, entonces, que defienda mi trono?
—SÃ.
—Ofrezco las verdades de mañana.
—Prefiero las equivocaciones de hoy —respondió ella.
—Me desarmas, Gladys —exclamó lord Henry, advirtiendo lo obstinado de su actitud.
—De tu escudo, pero no de tu lanza.
—Nunca arremeto contra la belleza —dijo él, haciendo un gesto de sumisión con la mano.
—Ése es tu error, Harry, créeme. Valoras demasiado la belleza.
—¿Cómo puedes decir eso? Reconozco que, en mi opinión, es mejor ser hermoso que bueno. Pero, por otra parte, nadie está más dispuesto que yo a admitir que es mejor ser bueno que feo.
—En ese caso, ¿la fealdad es uno de los siete pecados capitales? —exclamó la duquesa—. ¿Y qué sucede con tu metáfora sobre la orquÃdea?