El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —Hace que tus ojos parezcan todavÃa más hermosos —fue su respuesta.
Su prima volvió a reÃr. Sus dientes brillaron como simientes blancas en un fruto escarlata.
En el piso alto, Dorian Gray estaba tumbado en un sofá de su cuarto, sintiendo vibrar de terror todas las fibras de su cuerpo. De repente la vida se habÃa convertido en un peso insoportable. La horrible muerte del desdichado ojeador, derribado entre la maleza como un animal salvaje, le habÃa parecido una prefiguración de su propia muerte. Casi se habÃa desmayado al oÃr la broma cÃnica que lord Henry habÃa lanzado al azar.
A las cinco llamó a su criado y le ordenó que le preparase una maleta para regresar a Londres en el expreso de la noche, y que la berlina estuviera delante de la puerta a las ocho y media. HabÃa decidido no dormir una noche más en Selby Royal. Era un lugar de malos augurios. La muerte se paseaba por allà a la luz del dÃa. La hierba del bosque se habÃa manchado de sangre.
Luego escribió una nota para lord Henry, diciéndole que regresaba a Londres para consultar a su médico, y pidiéndole que distrajera a sus huéspedes durante su ausencia. Cuando la estaba metiendo en el sobre, oyó llamar a la puerta, y su ayuda de cámara le informó de que el guarda mayor querÃa verlo.
Dorian Gray frunció el ceño y se mordió los labios.