El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —Dígale que pase —murmuró, después de una breve vacilación.
Tan pronto como entró su visitante, Dorian sacó de un cajón el talonario de cheques y lo abrió.
—Imagino, Thornton, que viene para hablarme del desafortunado accidente de esta mañana —dijo, empuñando la pluma.
—Así es, señor —respondió el guardabosque.
—¿Estaba casado ese pobre infeliz? ¿Tenía personas a su cargo? —preguntó Dorian, con aire aburrido—. Si es así, no quisiera que pasaran necesidades, y estoy dispuesto a enviarles la cantidad que usted considere necesaria.
—No sabemos quién es, señor. Eso es lo que me he tomado la libertad de venir a decirle.
—¿No saben quién es? —preguntó Dorian distraídamente—. ¿Qué quiere decir? ¿No era uno de sus hombres?
—No, señor. No lo había visto nunca. Parece un marinero, señor.
A Dorian Gray se le cayó la pluma de la mano, y tuvo la sensación de que el corazón dejaba de latirle.
—¿Un marinero? —exclamó—. ¿Ha dicho un marinero?
—Sí, señor. Parece como si hubiera sido marinero o algo parecido; tatuajes en los dos brazos y otras cosas por el estilo.