El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —¿Llevaba algo encima? —preguntó Dorian, inclinándose hacia adelante y mirando al guardabosque con ojos llenos de sobresalto—. ¿Algo que nos permita saber su nombre?
—Algo de dinero, señor, no mucho, y un revólver de seis tiros. Nada que lo identifique. Aspecto de persona decente, sin ser un caballero. Algo asà como un marinero, creemos nosotros.
Dorian se puso en pie. Una imposible esperanza le rozó con su ala y se agarró a ella con frenesÃ.
—¿Dónde está el cadáver? —exclamó—. ¡Deprisa! He de verlo cuanto antes.
—En un establo vacÃo de la granja, señor. Nadie quiere tener una cosa asà en su casa. Dicen que un cadáver trae mala suerte.
—¡La granja! Vaya inmediatamente allà y espéreme. Diga a uno de los mozos de cuadra que me traiga el caballo. No. No se preocupe. Iré yo al establo. Ahorraremos tiempo.
En menos de un cuarto de hora Dorian Gray galopaba por la gran avenida. Los árboles parecÃan desfilar a ambos lados como un cortejo de fantasmas, y sombras extrañas se arrojaban furiosamente en su camino. En una ocasión la yegua hizo un extraño ante un poste blanco y estuvo a punto de derribarlo. Dorian le golpeó el cuello con la fusta. El animal se adentró en la oscuridad como una flecha. Sus cascos hacÃan volar los guijarros.