El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray Se oyó llamar a la puerta, entró el mayordomo con la bandeja del té y la colocó sobre una mesita japonesa. Se oyó un tintineo de tazas y platillos y el silbido de una tetera georgiana. Entró un paje llevando dos fuentes con forma de globo. Dorian Gray se acercó a la mesa y sirvió el té. Los otros dos se acercaron lánguidamente y examinaron lo que habÃa bajo las tapaderas.
—Vayamos esta noche al teatro —propuso lord Henry—. Habrá algo que ver en algún sitio. He quedado para cenar en White’s, pero sólo se trata de un viejo amigo, de manera que le puedo mandar un telegrama diciendo que estoy enfermo o que no puedo ir en razón de un compromiso ulterior. Creo que serÃa una excusa bastante simpática, ya que contarÃa con la sorpresa de la sinceridad.
—¡Es tan aburrido ponerse de etiqueta! —murmuró Hallward—. Y, cuando ya lo has hecho, ¡se tiene un aspecto tan horroroso!
—Sà —respondió lord Henry distraÃdamente—, la ropa del siglo XIX es detestable. Tan sombrÃa, tan deprimente. El pecado es el único elemento de color que queda en la vida moderna.
—No deberÃas decir cosas como ésa delante de Dorian, Harry.
—¿Delante de qué Dorian? ¿El que nos está sirviendo el té o el del cuadro?
—De ninguno de los dos.