El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —Me gustarÃa ir al teatro con usted, lord Henry —dijo el muchacho.
—Venga, entonces; y tú también, Basil.
—La verdad es que no puedo. Será mejor que no. Tengo muchÃsimo trabajo.
—Bien; en ese caso, iremos usted y yo, señor Gray.
—Encantado.
El pintor se mordió el labio y, con la taza en la mano, se acercó al cuadro.
—Me quedaré con el verdadero Dorian —dijo tristemente.
—¿Es ése el verdadero Dorian? —exclamó el original del retrato, acercándose a Hallward—. ¿Soy realmente as�
—SÃ; exactamente asÃ.
—¡Maravilloso, Basil!
—Tienes al menos el mismo aspecto. Pero él no cambiará —suspiró Hallward—. Eso es algo.
—¡Qué obsesión tienen las personas con la fidelidad! —exclamó lord Henry—. Incluso el amor es simplemente una cuestión de fisiologÃa. No tiene nada que ver con la voluntad. Los jóvenes quieren ser fieles y no lo son; los viejos quieren ser infieles y no pueden: eso es todo lo que cabe decir.
—No vayas esta noche al teatro, Dorian —dijo Hallward—. Quédate a cenar conmigo.