El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray Cuando lord Henry entró en la habitación de su tÃo lo encontró vestido con una tosca chaqueta de caza, fumando un cigarro habano y refunfuñando mientras leÃa The Times.
—Vaya, Harry —dijo el anciano caballero—, ¿qué te ha hecho salir tan pronto de casa? CreÃa que los dandis no se levantaban hasta las dos y que no aparecÃan en público hasta las cinco.
—Puro afecto familiar, tÃo George, te lo aseguro. Quiero pedirte algo.
—Dinero, imagino —respondió lord Fermor, torciendo el gesto—. Bueno; siéntate y cuéntamelo todo. En estos tiempos que corren los jóvenes se imaginan que el dinero lo es todo.
—Sà —murmuró lord Henry, colocándose mejor la flor que llevaba en el ojal de la chaqueta—; y cuando se hacen viejos no se lo imaginan: lo saben. Pero no quiero dinero. Sólo las personas que pagan sus facturas necesitan dinero, tÃo George, y yo nunca pago las mÃas. El crédito es el capital de un segundón, y se vive agradablemente con él. Además, siempre me trato con los proveedores de Dartmoor y, en consecuencia, nunca me molestan. Lo que quiero es información: no información útil, por supuesto; información perfectamente inútil.