El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray Finalmente, cubierta con la librea de la época, la realidad entró en la estancia en forma de lacayo para decir que a la duquesa la esperaba su coche. La noble señora se retorció las manos con fingida desesperación.
—¡Qué fastidio! —exclamó—. He de marcharme. Tengo que recoger a mi marido en el club para llevarlo a Willis’s Rooms, donde debe presidir no sé qué absurda reunión. Si llego tarde se enfurecerá sin duda, y no puedo exponerme a una escena con este sombrero. Es demasiado frágil. Una palabra dura acabarÃa con él. No, he de irme, mi querida Agatha. Hasta la vista, lord Henry, es usted absolutamente delicioso y terriblemente desmoralizador. Desde luego, no sabrÃa qué decir sobre sus ideas. Tiene que venir a cenar con nosotros una de estas noches. ¿El martes? ¿Está usted libre el martes?
—Por usted, duquesa, ¿de quién no prescindirÃa yo? —respondió lord Henry, con una inclinación de cabeza.
—¡Ah! ¡Muy amable y muy cruel por su parte! —exclamó la duquesa—; pero no se olvide de venir —y abandonó la habitación seguida por lady Agatha y las otras damas.
Cuando lord Henry se hubo sentado de nuevo, el señor Erskine, dando la vuelta a la mesa, y colocándose a su lado, le puso una mano en el brazo.