El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —Usted habla mucho de libros —dijo—; ¿por qué no escribe uno?
—Me gusta demasiado leerlos para molestarme en escribirlos, señor Erskine. Desde luego, me gustarÃa escribir una novela, una novela que fuese tan encantadora y tan irreal como una alfombra persa. Pero en Inglaterra no hay público más que para periódicos, libros de texto y enciclopedias. No hay en todo el mundo personas con menos sentido de la belleza literaria que los ingleses.
—Me temo que tiene usted razón —respondió el señor Erskine—. Yo mismo tuve ambiciones literarias, pero las abandoné hace mucho. Y ahora, mi joven y querido amigo, si me permite que le dé ese nombre, ¿le puedo preguntar si mantiene usted todo lo que nos ha dicho durante el almuerzo?
—He olvidado por completo lo que he dicho —sonrió lord Henry—. ¿Tan inmoral era?
—Sumamente inmoral. De hecho le considero extraordinariamente peligroso, y si algo le sucede a nuestra buena duquesa le tendremos por responsable directo. Pero me gustarÃa hablar con usted sobre la vida. La generación de la que formo parte es francamente aburrida. Algún dÃa, cuando se canse de Londres, venga a Treadley, expóngame su filosofÃa del placer mientras degustamos un excelente borgoña que tengo la fortuna de poseer.