El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —Me encantará. Una visita a Treadley será un gran privilegio. Cuenta con un perfecto anfitrión y una biblioteca igualmente perfecta.
—Su presencia le añadirá un nuevo encanto —respondió el anciano caballero, con una cortés inclinación—. Y ahora tengo que despedirme de su excelente tÃa. Me esperan en el Atheneum. Es la hora en que dormimos allÃ.
—¿Todos, señor Erskine?
—Cuarenta, en cuarenta sillones. Hacemos prácticas para una Academia Inglesa de las Letras.
Lord Henry rió, poniéndose en pie.
—Me voy al parque —exclamó.
Al atravesar la puerta, Dorian Gray le tocó en el brazo.
—PermÃtame ir con usted —murmuró.
—CreÃa que le habÃa prometido a Basil Hallward que irÃa usted a verlo —respondió lord Henry.
—Prefiero ir con usted; sÃ, siento que debo ir con usted. PermÃtamelo. Y prometa hablarme todo el tiempo. Nadie lo hace tan bien.
—¡Ah! Ya he hablado más que suficiente por hoy —dijo lord Henry, sonriendo—. Todo lo que quiero ahora es mirar la vida. Puede usted venir y mirarla conmigo, si lo tiene a bien.