El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —No sé cómo podríamos arreglárnoslas sin él —respondió la mujer de más edad con tono quejumbroso.
Sibyl movió la cabeza y se echó a reír.
—Ya no nos hace falta, madre. El príncipe azul gobierna ahora nuestras vidas —luego hizo una pausa. Una rosa se agitó en su sangre, encendiéndole las mejillas. La respiración, acelerada, abrió los pétalos de sus labios, que temblaron. Un viento meridional de pasión sopló sobre ella, moviendo los delicados pliegues del vestido—. Le quiero —añadió con sencillez.
—¡Estúpida niña!, ¡estúpida niña! —fue la frase cotorril que recibió como respuesta. El movimiento de unos dedos deformados, cubiertos de falsas joyas, dio un carácter grotesco a aquellas palabras.
La muchacha volvió a reírse. Su voz reflejaba la alegría de un pájaro enjaulado. Sus ojos retomaron la melodía y le hicieron eco con su brillo: luego se cerraron por un momento, como para ocultar su secreto. Cuando se volvieron a abrir, los velaba la niebla de un sueño.