El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —Madre, madre —exclamó—, ¿por qué me quiere tanto? Sé que yo le quiero. Le quiero porque es la imagen de lo que el mismo Amor debe ser. Pero ¿qué ve él en mÃ? No soy digna de él. Y sin embargo, aunque me veo tan por debajo de él, no siento humildad: siento orgullo, un orgullo terrible, pero no sé explicar por qué. Madre, ¿querÃas a mi padre como yo quiero al prÃncipe azul? —la mujer de más edad palideció bajo los polvos demasiado visibles que le embadurnaban las mejillas, y sus labios secos se estremecieron en un espasmo de dolor. Sibyl corrió hacia ella, se abrazó a su cuello y la besó—. Perdóname, madre. Ya sé que hablar de mi padre te hace sufrir. Pero sufres porque lo querÃas muchÃsimo. No te entristezcas. Soy tan feliz hoy como lo eras tú hace veinte años. ¡Ah, déjame que sea feliz para siempre!
—Hijita mÃa, eres demasiado joven para pensar en enamorarte. Además, ¿qué sabes de ese joven? Ni siquiera su nombre. Todo esto es muy poco conveniente y, a decir verdad, cuando lames está a punto de irse a Australia y yo tengo tantas preocupaciones, he de decir que podrÃas haber mostrado un poco más de consideración. Sin embargo, como ya he dicho antes, en el caso de que sea rico…
—¡Madre, madre! ¡PermÃteme ser feliz!