El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray La señora Vane se la quedó mirando y, con uno de esos falsos gestos teatrales que con tanta frecuencia se convierten casi en segunda naturaleza para un actor, la estrechó entre sus brazos. En aquel momento se abrió la puerta, y un joven de áspero pelo castaño entró en la habitación. Era más bien corpulento, tenía grandes los pies y las manos y se movía con cierta torpeza. No poseía la delicadeza de su hermana y era difícil adivinar el estrecho parentesco que existía entre los dos. La señora Vane fijó sus ojos en él, y su sonrisa se intensificó. Mentalmente elevaba a su hijo a la categoría de público. Estaba segura de que el tableau era interesante.
—Podrías guardar algunos de tus besos para mí, Sibyl, pienso yo —dijo el muchacho con tono de amable reproche.
—¡Pero si no te gusta que te besen! —exclamó su hermana—. Siempre has sido un cardo borriquero.
Y cruzó corriendo la habitación para abrazarlo.
James Vane contempló con ternura el rostro de su hermana.
—Ven conmigo a dar un paseo, Sibyl. No creo que vuelva a ver nunca este horrible Londres. Estoy seguro de que no lo echaré de menos.