El secreto de la vida
El secreto de la vida GILBERT: Por supuesto. ¿Qué más da si las opiniones del señor Ruskin sobre Turner son acertadas o no? Su prosa majestuosa y poderosa, tan ferviente y apasionada en su noble elocuencia, tan rica en su elaborada música sinfónica, tan decidida y segura de sí misma en la sutil elección de cada palabra y epíteto, es al menos una obra de arte tan grande como cualquiera de los maravillosos atardeceres que amarillean o se deshacen en los marcos podridos de los museos ingleses; y más aún, se siente uno tentado de pensar a veces, no solo porque su belleza es más duradera, sino porque es más evocadora, y porque el alma dialoga con el alma en esas líneas de larga cadencia, no solo a través de la forma y el color, aunque también lo haga a través de ellos, y de una forma plena y sin fallos, sino mediante una elocuencia intelectual y emocional, con elevadas pasiones y aún más elevados pensamientos, con una perspicacia imaginativa y un objetivo poético; mayor, al cabo, porque la literatura es la mayor de las artes. ¿Qué importancia tiene que el señor Pater haya puesto en el retrato de la Mona Lisa algo con lo que jamás soñó Leonardo? Puede que el pintor fuese meramente el esclavo de una arcaica sonrisa, como muchos han imaginado, pero cada vez que recorro las frescas galerías del Louvre y me planto ante esa extraña figura «sentada en su asiento de mármol en un círculo de rocas fantásticas como si la iluminara una tenue luz submarina», murmuro para mis adentros: «Es más antigua que esas rocas entre las que se encuentra; como el vampiro, ha muerto muchas veces y ha aprendido los secretos de la tumba; se ha sumergido en mares profundos y conserva en torno a sí la débil luz de esos lugares; ha comerciado con extrañas telas con mercaderes orientales; y, como Leda, ha sido madre de Helena de Troya, y, como santa Ana, la madre de María; y todo eso ha sido para ella como el sonido de la lira y la flauta, y vive solo en la delicadeza con que ha moldeado los cambiantes rasgos y en el tono de los párpados y las manos». Y le digo a mi amigo: «La presencia que tan extrañamente se alzó junto a las aguas expresa lo que ha llegado a desear el hombre en un millar de años», y él me responde: «En su cabeza se “concentra hasta el último confín del mundo” y sus párpados están un poco cansados».