El secreto de la vida
El secreto de la vida Y así el cuadro se vuelve para nosotros más maravilloso de lo que es en realidad, y nos revela un secreto del que, de hecho, nada sabe, y la música de la prosa mística suena tan dulce en nuestros oídos como la música del flautista que prestó a los labios de la Gioconda esas curvas sutiles y venenosas. ¿Quieres saber qué habría respondido Leonardo a cualquiera que le hubiese dicho de su cuadro que «en él se habían grabado y modelado todos los pensamientos y vivencias del mundo capaces de refinar y dar expresión a la forma externa, la animalidad griega, la lujuria de Roma, el ensueño de la Edad Media, con su ambición espiritual y su amor imaginativo, el regreso del paganismo y los pecados de los Borgia»? Probablemente que no había pensado en nada de eso, sino que se había limitado a considerar la disposición de ciertas líneas y volúmenes y una nueva y curiosa armonía de color entre azules y verdes. Por eso mismo la crítica de la que te hablo es la más elevada. Aborda la obra de arte solo como un punto de partida para una nueva creación. No se limita —supongámoslo al menos por un momento— a descubrir la verdadera intención del artista y a aceptarla como definitiva. Y no le falta razón, pues el significado de cualquier cosa bella creada está al menos tanto en el alma de quien la contempla como en el alma de quien la creó. E incluso es más bien el que la contempla quien le aporta un millar de significados, quien hace que nos parezca maravillosa y quien la coloca en una nueva relación con la época, de manera que se convierte en una porción vital de nuestra vida, y en un símbolo de aquello por lo que rezamos o tal vez de aquello que tememos que pueda concedérsenos en respuesta a nuestros rezos. Cuanto más lo considero, Ernest, con más claridad veo que la belleza de las artes visibles es, como la de la música, ante todo emocional, y que puede echarse a perder, como ocurre a menudo, por un exceso de intención intelectual por parte del artista. Pues, una vez terminada, la obra adquiere, por así decirlo, una vida independiente, y puede expresar algo muy distinto de lo que le habían encargado que dijera. A veces, cuando escucho la obertura de Tannhäuser, me parece ver realmente a ese apuesto caballero pisando la hierba esmaltada de flores y oír la voz de Venus que le llama desde la gruta en la montaña. Pero en otras ocasiones me dice un millar de cosas diferentes, sobre mí, y sobre mi vida, o sobre la vida de otros a los que uno ha querido y se ha cansado de querer, o de las pasiones que el hombre ha conocido, o de las que no ha conocido y ha buscado con ahínco. Esta noche puede llenarnos de ese ἔρως τῶν ἀδυνάτων, ese Amour de l’Impossible que se abate como una locura sobre muchos que creen estar seguros y a salvo y hace que enfermen de pronto con el veneno del deseo ilimitado, y que, en la persecución infinita de lo inalcanzable, desfallezcan, tropiecen y languidezcan. Mañana, como la música de la que nos hablan Platón y Aristóteles, la noble música dórica de los griegos, puede ejercer el oficio de médico y proporcionarnos un analgésico contra el dolor, y sanar el espíritu herido y «hacer que el alma armonice con todas las cosas justas». Y, lo que es cierto de la música, también lo es de las demás artes. La belleza tiene tantos significados como estados de ánimo tiene el hombre. La belleza es el símbolo de los símbolos. La belleza lo revela todo porque no expresa nada. Cuando se revela, nos muestra el mundo entero con todo su colorido.