El secreto de la vida

El secreto de la vida

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De vez en cuando, a lo largo del siglo, un científico eminente como Darwin, un gran poeta como Keats, un refinado espíritu crítico como el señor Renan, o un artista supremo como Flaubert ha logrado aislarse y mantenerse fuera del alcance de las clamorosas pretensiones ajenas, quedarse «a resguardo del muro», como dice Platón, y así lograr la perfección de lo que había en su interior con incomparable provecho para él mismo y una incomparable y duradera ventaja para el resto del mundo. No obstante, fueron excepciones. La mayoría de la gente desperdicia, o más bien se ve obligada a desperdiciar, la vida con un insano y exagerado altruismo. Se ve rodeada de un hambre, una fealdad y una pobreza tan atroces que es inevitable que le conmuevan profundamente. Las emociones son más fáciles de agitar que la inteligencia, y, como dije hace algún tiempo en un artículo sobre la función de la crítica, resulta mucho más fácil simpatizar con el dolor que con el pensamiento. Por ello, movidos por unas intenciones admirables, pero equivocadas, se dedican muy seriamente y con mucho sentimentalismo, a poner remedio a los males que ven a su alrededor. Sin embargo, sus remedios no curan la enfermedad sino que se limitan a prolongarla. De hecho, forman parte de ella.

Intentan, por ejemplo, resolver el problema de la pobreza manteniendo con vida a los pobres; o, en el caso de una escuela muy avanzada, distrayéndolos.


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