La Decadencia de la mentira
La Decadencia de la mentira Hasta un maestro de la prosa delicada y caprichosa como es el señor Robert Louis Stevenson está contaminado por este vicio moderno, pues francamente no sabríamos darle otro nombre. Se puede despojar de realidad una historia por querer hacerla demasiado veraz, y La flecha negra es tan inartística que no contiene ni un solo anacronismo digno de nota, mientras que la transformación del doctor Jekyll se asemeja peligrosamente a un experimento sacado de The Lancet[6]. En cuanto al señor Rider Haggard, que realmente tiene o tuvo facultades para ser un magnífico mentiroso, ahora le da tanto miedo despertar sospechas de genialidad que cada vez que nos cuenta algún prodigio se siente en la obligación de inventar una reminiscencia personal y ponerla en nota a pie de página a modo de cobarde corroboración. Ni son mucho mejores el resto de nuestros novelistas. El señor Henry James escribe historias de ficción como si fuera un deber penoso, y dilapida en motivos mezquinos y “puntos de vista” imperceptibles su pulcro estilo literario, sus frases felices, su sátira certera y cáustica. El señor Hall Caine aspira a lo grandioso, eso es verdad, pero luego escribe a voz en cuello. Habla tan alto que no se oye lo que dice. El señor James Payn es experto en el arte de esconder lo que no vale la pena encontrar. Persigue lo obvio con ahínco de detective miope. Según vamos pasando las páginas, la zozobra del autor se hace casi insoportable. Los caballos del faetón del señor William Black no se elevan al sol; no hacen sino crispar el cielo vespertino en violentos efectos de cromolitografía. Al verlos acercarse, los campesinos se refugian en el dialecto. La señora Oliphant parlotea agradablemente sobre vicarios, tardes de tenis, domesticidad y otras cosas agotadoras. El señor Marion Crawford se ha inmolado en el altar del color local. Es como la dama de la comedia francesa que se pasa el rato hablando de le beau ciel d’Italie. Además ha tomado la mala costumbre de enunciar perogrulladas morales. Siempre nos está diciendo que ser bueno es ser bueno y que ser malo es ser pérfido. A veces resulta casi edificante. Robert Elsmere es una obra maestra, sin duda: una obra maestra del genre ennuyeux, única forma de literatura que el pueblo inglés parece saborear plenamente. Un joven y reflexivo amigo nuestro nos dijo que le recordaba el tipo de conversación que se escucha en las meriendas cenas de una seria familia de anglicanos disidentes, y lo creemos. Realmente, solo en Inglaterra se habría podido hacer un libro así. Inglaterra es el hogar de las ideas perdidas[7]. En cuanto a esa grande y cada día mayor escuela de novelistas para quienes el sol sale todos los días por el East End[8], solo se puede decir que encuentran la vida cruda y la dejan sin hacer. En Francia, aunque no se haya hecho nada tan premeditadamente tedioso como Robert Elsmere, no andan mucho mejor las cosas. El señor Guy de Maupassant, con su aguda ironía mordaz y su estilo vívido y duro, desnuda a la vida de los pocos harapos que todavía la cubren para mostrarnos la llaga hedionda y la herida purulenta. Escribe pequeñas tragedias escabrosas donde todo el mundo es ridículo, comedias amargas donde las lágrimas no dejan reír. El señor Zola, fiel al enaltecido principio que establece en uno de sus pronunciamientos sobre literatura, L’homme de génie n’a jamais d’esprit, está resuelto a demostrar que, a falta de genio, por lo menos sabe ser pesado. ¡Y cómo lo logra! No carece de fuerza. Incluso a veces, como en Germinal, hay en su obra algo casi épico. Pero su obra es un puro yerro de principio a fin, y no en lo moral sino en lo artístico. Desde cualquier punto de vista ético es como debe ser. El autor es absolutamente veraz, y describe las cosas exactamente como suceden. ¿Qué más podría desear un moralista? No compartimos en absoluto la indignación moral de nuestro tiempo contra el señor Zola. Es simplemente la indignación de Tartufo descubierto. Pero desde el punto de vista del arte, ¿qué se puede decir en pro del autor de La taberna, Nana y Pot-Bouille? Nada. El señor Ruskin dijo una vez que los personajes de las novelas de George Eliot son como lo que sale de barrer un ómnibus de Pentonville[9], pero los personajes del señor Zola son mucho peores. Sus vicios son sórdidos, y sus virtudes más sórdidas aún. La crónica de sus vidas carece por completo de interés. ¿Qué más nos da lo que les suceda? En la literatura pedimos distinción, encanto, belleza y fuerza imaginativa. No queremos que nos aflijan y nos asqueen con la crónica de lo que hacen las clases inferiores. El señor Daudet vale más. Posee ingenio, pluma ligera y estilo ameno. Pero últimamente ha incurrido en un suicidio literario. No es posible que a nadie le interese Delobelle con su Il faut lutter pour l’art, ni Valmajour con su eterno estribillo del ruiseñor, ni el poeta de Jack con sus mots cruels, ahora que por Veinte años de mi vida literaria sabemos que esos personajes proceden directamente de la realidad. Nos parece que de pronto han perdido toda su vitalidad, las pocas cualidades que poseían. Las únicas personas de verdad son las que nunca existieron, y si un novelista tiene la vileza de tomar de la vida sus personajes, al menos debería aparentar que son creaciones y no hacer alarde de que son copias. Lo que justifica a un personaje de novela no es que otras personas sean como son, sino que el autor sea como es. De otro modo la novela no es una obra de arte. En cuanto al señor Paul Bourget, el maestro de la roman psychologique, comete el error de imaginar que los hombres y mujeres de la vida moderna pueden ser analizados hasta el infinito para una sucesión interminable de capítulos[10]. El hecho es que lo interesante de las gentes de buena sociedad —y el señor Bourget rara vez sale del faubourg Saint-Germain, si no es para venir a Londres— es la máscara que porta cada cual, no la realidad que hay detrás de la máscara. Es humillante confesarlo, pero estamos todos hechos de la misma pasta. En Falstaff hay algo de Hamlet, en Hamlet hay no poco de Falstaff. El caballero obeso tiene sus rachas de melancolía, y el joven príncipe sus momentos de sal gorda. Donde diferimos unos de otros es en lo puramente accidental: en el vestir, los modales, el tono de voz, las opiniones religiosas, la apariencia externa, las pequeñas manías, etcétera. Cuanto más se analiza a las personas, más se esfuman todas las razones para analizar. Antes o después se llega a esa horrible cosa universal llamada naturaleza humana. Verdaderamente, como sabe demasiado bien todo el que haya trabajado entre los pobres, la hermandad de los hombres no es un mero sueño de poeta, es una realidad harto deprimente y humillante; y si un escritor se empeña en analizar a las clases superiores, daría igual que escribiera sobre cerilleras y vendedores ambulantes». Sin embargo, mi querido Cyril, no te voy a demorar más en este punto. No niego que las novelas modernas tengan muchos méritos. Solo insisto en que, colectivamente, son insoportables.