La importancia de llamarse Ernesto

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LADY BRACKNELL.—No te preocupes, Algernon. He tomado unos panecillos con lady Harbury, la cual parece vivir ahora sólo para el placer.

ALGERNON.—Escuché algunos rumores acerca de que por la pena se le había vuelto el pelo totalmente rubio.

LADY BRACKNELL.—Es verdad que el tono ha cambiado, pero desconozco la causa de tal cambio. (Algernon le sirve el té.) Eres muy amable. Tengo algo delicioso para ti, Algernon. Esta noche te sentaré cerca de Mary Farquhar. Es una mujer deliciosa, ¡y tan atenta con su marido! Resulta encantador verlos…

ALGERNON.—Temo, tía Augusta, tener que renunciar al deleite de cenar contigo esta noche.

LADY BRACKNELL.—(haciendo un gesto de molestia) Ojalá que pudieras asistir, Algernon, pues de lo contrario me desbaratarías la mesa por completo. Tu tío tendría que cenar arriba; por fortuna ya está acostumbrado a hacerlo.

ALGERNON.—Es sumamente molesto, y no necesito decir lo que me contraría; sin embargo acabo de recibir un telegrama en que mi pobre amigo Bunbury me informa que está muy enfermo de nuevo. (Intercambia una mirada con Jack.) Creo que debo estar junto a él.

LADY BRACKNELL.—Es muy raro. Ese señor Bunbury tiene una salud muy mala.

ALGERNON.—Tienes razón, tía, el desdichado Bunbury es un caso desesperado.


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