La importancia de llamarse Ernesto

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CECILIA.—¡Oh! Temo serlo.

CHASUBLE.—Es muy raro. Si yo tuviera el privilegio de ser pupilo de la señorita Prism, me quedaría pendiente de sus labios. (La señorita Prism abre exageradamente sus ojos.) Hablo metafóricamente. Mi metáfora la tomé de las abejas. ¡Ejem! ¿El señor Worthing no ha vuelto aún de Londres…?

CECILIA.—Nos indicó que le esperáramos hasta el lunes por la tarde.

CHASUBLE.—¡Ah, sí! Acostumbra pasar el domingo en Londres. No es de las personas que piensan solamente en divertirse, como parece el caso de ese infeliz joven hermano suyo. Sin embargo, no debo entretener por más tiempo a Egeria y a su pupila.

SEÑORITA PRISM.—¿Egeria? Mi nombre es Leticia, doctor.

CHASUBLE.—(inclinándose) Es una simple alusión clásica, tomada de los autores paganos. ¿Las veré seguramente a las dos en el oficio de vísperas de esta tarde?

SEÑORITA PRISM.—Me parece, querido doctor, que lo acompañaré a dar una vueltecita. Realmente, noto que tengo jaqueca, y un paseo puede hacerme bien.

CHASUBLE.—Con mucho gusto, señorita Prism; con mucho gusto. Podemos llegar hasta las escuelas y volver.


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