La importancia de llamarse Ernesto
La importancia de llamarse Ernesto GWENDOLEN.—Fuera del cÃrculo de familia, papá, me satisface decirlo, es totalmente desconocido. Creo que asà debe ser. Me parece que el hogar debe ser el ambiente apropiado para un hombre. Y, en verdad, en cuanto el hombre comienza a desatender sus deberes domésticos, se vuelve dolorosamente afeminado, ¿no es cierto? A mà me desagrada eso. ¡Hace a los hombres tan atractivos!… Mamá, cuya opinión acerca de la educación es absolutamente rÃgida, me ha enseñado a ser de una miopÃa extraordinaria, es una de las partes de su sistema. ¿No te molestaré, por lo tanto, si me pongo mis gafas para verte?
CECILIA.—¡Oh!… En absoluto. Me gusta muchÃsimo que me miren.
GWENDOLEN.—(luego de examinar minuciosamente a Cecilia con sus gafas) Supongo que has venido aquà de visita.
CECILIA.—¡Oh, no! Aquà vivo.
GWENDOLEN.—(con rigor) ¿De verdad? Supongo que tu madre o alguna otra pariente tuya de edad avanzada vive también aquÃ.
CECILIA.—¡Oh, no! No tengo madre, ni, en realidad, ningún pariente.
GWENDOLEN.—¿Será posible?
CECILIA.—Mi adorado tutor, con la ayuda de la señorita Prism, asume la ardua tarea de estar a mi cuidado.
GWENDOLEN.—¿Tu tutor?