La importancia de llamarse Ernesto
La importancia de llamarse Ernesto CECILIA.—¿Insinúa, señorita Fairfax, que mediante un ardid yo he atrapado al señor Ernesto para que se declarase? ¿Cómo osa decir eso? No es éste el momento de proceder con fingida cortesÃa. Cuando veo un azadón, lo llamo azadón.
GWENDOLEN.—(con sarcasmo) Me satisface decir que jamás he visto un azadón. Es evidente que nuestros cÃrculos sociales son muy diferentes.
Entra Merriman, seguido de un criado. Lleva una bandeja, un mantel y una mesita con el servicio. Cecilia está a punto de protestar. La aparición de los criados ejerce una influencia moderadora, bajo la cual ambas muchachas se revuelven coléricas.
MERRIMAN.—¿Señorita, puedo servir el té aquÃ, como se acostumbra?
CECILIA.—(severamente y con voz sosegada) SÃ, como se acostumbra.
Merriman comienza a desocupar la mesa y coloca el mantel. Una prolongada pausa. Cecilia y Gwendolen se miran rabiosamente la una a la oirá.
GWENDOLEN.—¿Hay muchas excursiones interesantes por las cercanÃas, señorita Cardew?
CECILIA.—¡Oh, sÃ! Muchas. Desde la cima de una de montañas más próximas uno puede ver cinco comarcas.
GWENDOLEN.—¡Cinco comarcas! Dudo que eso me agrade mucho: odio Tas aglomeraciones.