La importancia de llamarse Ernesto
La importancia de llamarse Ernesto CECILIA.—(con dulzura) Supongo que es por eso por lo que vive en la ciudad…
Gwendolen se muerde los labios y se golpea irritada el pie con la sombrilla.
GWENDOLEN.—(observando a su alrededor) ¡Qué jardÃn tan bien cuidado, señorita Cardew!
CECILIA.—Me complace que sea de su agrado, señorita Fairfax.
GWENDOLEN.—No tenÃa idea de que hubiese flores en el campo.
CECILIA.—Oh, las flores son tan comunes aquÃ, señorita Fairfax, como lo es la gente en la ciudad.
GWENDOLEN.—Respecto a mÃ, no puedo entender cómo se las arregla alguien para vivir en el campo, si es que hay quien haga semejante cosa. Aborrezco el campo mortalmente.
CECILIA.—A eso los periódicos lo llaman depresión agrÃcola, ¿no es verdad? Creo que en estos momentos, la nobleza está padeciendo mucho por este motivo. Es casi mÃa epidemia entre ellos, según me han comentado. ¿Puedo ofrecerle té, señorita Fairfax?
GWENDOLEN.—(con depurada amabilidad) Gracias. (Aparte.) ¡Antipática muchacha! Sin embargo, ¡necesito tomar te!
CECILIA.—(con dulzura) ¿Le pongo azúcar?
GWENDOLEN.—(con arrogancia) No; se lo agradezco. El azúcar ya no está de moda.