La importancia de llamarse Ernesto

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GWENDOLEN.—Desde el primer momento en que la vi sospeché de usted, y advertí que era usted hipócrita y maliciosa. Jamás me equivoco en mis juicios. Mi primera percepción ante la gente es invariablemente cierta.

CECILIA.—Tengo la impresión, señorita Fairfax, que estoy abusando de su valioso tiempo. Sin duda alguna tendrá visitas del mismo género que realizar en la vecindad.

Entra Jack.

GWENDOLEN.—(al verle) ¡Ernesto! ¡Mi Ernesto!

JACK.—¡Gwendolen! ¡Mi vida! (Va a besarla.)

GWENDOLEN.—(retirándose) ¡Espera un momento! ¿Puedes aclararme si te has comprometido en matrimonio con esta joven dama. (Señala a Cecilia.)

JACK.—(riendo) ¿Demi amada Cecilita! ¡Claro que no! ¿Quién puede haberte metido semejante idea raí tu hermosa cabecita?

GWENDOLEN.—Agradezco tu respuesta, ahora ya puedes besarme. (Le ofrece su mejilla.)

CECILIA.—(con exagerada dulzura) Ya sospechaba que debía de haber algún malentendido. El caballero cuyo brazo rodea en estos instantes su cintura es mi amado tutor, el señor John Worthing.

GWENDOLEN.—¿Cómo ha dicho?

CECILIA.—Que es mi tío Jack.

GWENDOLEN.—(retrocediendo) ¡John! ¡Oh!

Entra Algernon.


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