La importancia de llamarse Ernesto
La importancia de llamarse Ernesto LADY BRACKNELL.—Acércate. Siéntate. Siéntate al instante. La vacilación, sea la que fuere, es señal de decadencia mental en los jóvenes y de debilidad fÃsica en los viejos. (Volviéndose hacia Jack) Informada de la súbita huida de mi hija por su fiel sirvienta, cuya confianza he comprado por medio de unos billetes, la he seguido inmediatamente, tomando un tren de mercancÃas. Su infeliz padre está, me alegra decirle, bajo la creencia de que está atendiendo una clase más larga de lo habitual en la universidad en un proyecto sobre la influencia del ingreso permanente de la intención. Me propongo no desengañarle. Realmente, nunca le he desengañado en ninguna cuestión. Lo considero un error. Sin embargo, comprenderá usted perfectamente, como es natural, que toda comunicación entre usted y mi hija debe cesar terminantemente desde ahora mismo. Sobre ese punto, como, por supuesto, sobre todos los puntos, soy inflexible.
JACK.—¡Me he comprometido a contraer matrimonio con Gwendolen, lady Bracknell!
LADY BRACKNELL.—Eso no importa, caballero. Y ahora, en lo que se refiere a Algernon… ¡Algernon!
ALGERNON.—¿Qué, tÃa Augusta?
LADY BRACKNELL.—¿Puedes decirme si en esta casa vive tu enfermizo amigo el señor Bunbury?
ALGERNON.—(tartamudeando) ¡Oh, no! Bunbury no vive aquÃ; Bunbury está no sé… dónde… en este momento. Realmente, Bunbury ha fallecido.