Poemas en prosa
Poemas en prosa Y cuando el Ladrón oyó esto, arrojó la púrpura y las perlas que llevaba en sus manos y, desenvainando una corva espada de buido acero, dijo al Ermitaño:
—Dame al instante ese conocimiento de Dios que posees o te mataré sin vacilar. ¿Pues por qué no iba a matar al que posee un tesoro más grande que mi tesoro?
Y el Ermitaño abrió sus brazos y dijo:
—¿No es preferible para mí ir a los patios más alejados de la casa de Dios y alabarle que vivir en el mundo y no conocerle? Mátame, si es tu voluntad. Pero no te entregaré mi conocimiento de Dios.
Y el Ladrón se arrodilló y le suplicó, pero el Ermitaño no quiso hablarle de Dios, ni darle su tesoro, y el Ladrón se levantó y dijo al Ermitaño:
—Sea como quieras. Yo voy a ir a la Ciudad de los Siete Pecados, que sólo está a tres días de marcha, y por mi púrpura me darán placer y por mis perlas me venderán alegría. Y recogió la púrpura y las perlas, y fuese rápidamente.
Y el Ermitaño le llamó a grandes gritos, y le siguió e imploró. Durante tres días siguió al joven por el camino, y le suplicaba que volviera y no entrase en la Ciudad de los Siete Pecados.
Y a cada momento el joven se volvía a mirar al Ermitaño, y le llamaba y decía: