Salome
Salome —¡Ah, qué aire tan plácido se respira aquÃ! Aquà puedo respirar. Ahà dentro están reunidos judÃos de Jerusalén, que se destrozan unos a otros con locas voces; bárbaros que beben sin tino, vertiendo el vino sobre el pavimento; griegos de Smirna, de ojos alcoholados, mejillas dadas de afeite y guedejas ensortijadas; egipcios taciturnos, siempre a la que salta, con uñas de azabache y túnicas oscuras; egipcios taciturnos y taimados y romanos soeces y ordinariotes, que hablan un finchado lenguaje… ¡Oh, cuánto odio les tengo a esos romanos! Se las dan de señores y son de lo más ruin.
NARRABOTH:
—¿Quieres sentarte, princesa?
PAJE:
—¿Por qué le hablas? Va a ocurrir algo funesto. ¿Por qué la miras as�
SALOMÉ:
—¡Qué gusto da mirar a la luna! Es como una monedita o como una linda flor de plata, frÃa y reluciente. SÃ, como la hermosura de una virgen, que se conserva pura. Ella nunca se ha mancillado entregándose a los hombres, como las otras diosas.
LA VOZ DE JOKANAAN: