Teleny

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—No estando acostumbrado a este tipo de revelaciones, ten en cuenta que podría muy bien emprender ahora mismo la huida como José hizo con la esposa de Putifar.

—Es verdad. Venid, por favor, por aquí.

Y, diciendo esto, nos condujo por un estrecho pasadizo que llevaba a una escalera de caracol, por donde se desembocaba a una antiguo mujarabi traído por su padre de Túnez o de Argel.

—Desde aquí podréis ver sin ser vistos. Pero apuraos un poco, que la cena va a ser servida pronto.

Una vez que me hube acomodado en aquella especie de cabina, y tras echar una primera mirada sobre la sala, quedé durante un momento, si no deslumbrado, sí al menos estupefacto y maravillado, sintiéndome transportado a un país de hadas.

Un millar de lámparas de las más diversas formas difundían su luz en este casto estudio cegadoramente iluminado. Había bujías de cera sostenidas sobre cráneos japoneses o sobre candeleros de bronce o plata cincelados, procedentes del pillaje de iglesias españolas; lámparas octogonales de forma estrellada, sustraídas de mezquitas y sinagogas de Oriente; trípodes de hierro adornados con fantásticas labores de forja; y candelabros dotados de espejos reflectantes, que orientaban su luz sobre los dorados cuadros holandeses o las mayólicas de Caste-Durante.


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