Teleny
Teleny Al torcer la esquina, una visión inesperada me saltó a los ojos. El objeto de mi admiración sentimental se encontraba agachada sobre la arenilla de la alameda, con las piernas abiertas y las faldas cuidadosamente recogidas. Pude divisar un trozo de carne rosada y un torrente de lÃquido amarillo que corrÃa sobre la arena, dejando un rastro de espuma, al tiempo que, para saludar mi presencia, de las partes traseras atronaba un sonoro cañonazo, igualmente despedido por la bella.
—¡Divino encuentro! ¿Y qué hizo usted, entonces?
—¿Ignora usted que, como dice el Libro de Oraciones[4], «siempre hacemos lo que no debiéramos hacer, y dejamos de hacer lo que debiéramos»? Pues bien, en lugar de esfumarme, escondiéndome detrás de un seto, para ver sin ser visto el lugar de donde el arroyo fluÃa, permanecà estúpidamente paralizado, mudo, confuso. Sólo cuando ella levantó los ojos pude recobrar mi uso de palabra.
—¡Oh, perdón, señorita! No sabÃa que estuviese usted ahÃ… es decir, que…
—Tonto, imbécil, estúpido, bestia, animal —vociferó ella con una liberalidad tÃpicamente francesa, y levantándose roja como un tomate.