Un marido ideal

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LADY MARKBY. –– (Volvíéndose a lady Chiltern.) Querida Gertrude, hemos venido para saber si han encontrado el broche de diamantes de mistress Cheveley.

LADY CHILTERN . ––¿Aquí?

MISTRESS CHEVELEY. ––Sí. Noté su falta al volver al Claridge y pensé que era posible que se me hubiese caído aquí.

LADY CHILTERN. ––No sé nada de ello. Pero llamaré al mayordomo para preguntárselo. (Toca el timbre.)

MISTRESS CHEVELEY. ––¡Oh! Le ruego que no se mo leste, lady Chiltern. Quizá lo perdí en la ópera antes de venir aquí.

LADY MARKBY. ¡Ah, sí! Supongo que debe de haber sido en la ópera. El hecho es que hay tantas apre-turas hoy día que me maravillo de que aún nos quede algo encima al final de la noche. Yo misma, cuando vuelvo de algún sitio, siento como si no me quedase nada encima, excepto un poco de reputación decente, la suficiente para que las clases bajas no nos hagan penosas observaciones a través de las ventanas del coche. La realidad es que nues tra sociedad está terriblemente superpoblada. Realmente alguien debería prepa-rar un buen proyecto para la emi gración. Eso sería estupendo.


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