Un marido ideal

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MISTRESS CHEVELEY. –– Gracias. (El mayordomo le da a mistress Cheveley una taza de té sobre una bandeja.)

LADY CHILTERN . ––¿Té, lady Markby?

LADY MARKBY. ––No; gracias, querida. (Los criados se van.) El hecho es que he prometido a la pobre lady Brancaster hacerle una visita de diez minutos. Está muy apenada. Su hija, una muchacha muy bien educada, se ha prometido a un clérigo de Shropshire. Es muy triste, muy triste. No entiendo esta manía moderna por los curas. En mis tiempos las muchachas los veíamos rondar por todas partes como conejos.

Nunca les hacíamos caso, naturalmente. Pero me han dicho que hoy día en el campo son muy aficionados a ellos. Creo que es muy irreligioso. Y además, su hijo mayor ha reñido con su padre, y se dice que cuando se encuentran en el club lord Brancaster siempre se esconde tras la sección financiera del Times. Sin embargo, creo que eso es muy común hoy día, y tienen muchos ejemplares del Times en todos los clubes de Saint James Street. ¡Hay tantos hijos que no quieren nada con sus padres y tantos padres que no quieren ni hablar con sus hijos! Op ino que es muy penoso.

MISTRESS CHEVELEY. –– Yo también. Hoy día los padres tienen mucho que aprender de sus hijos.

LADY MARKBY. ––¿De veras, querida? ¿El qué?


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