Una mujer sin importancia

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LORD ILLINGWORTH.––Es muy bella. (Mira a mistress Arbuthnot.) LADY HUNSTANTON.––Caroline, ¿vamos al salón de música? Miss Worsley va a tocar. Usted vendrá también, ¿verdad, querida mistress Arbuthnot? No sabe usted lo bien que lo pasará. (Al doctor Daubeny.) Realmente debo llevar a miss Worsley alguna tarde a la parroquia. Me gustaría mucho que la querida mistress Daubeny la oyera tocar el violín. ¡Ah! No me acordaba. La querida mistress Daubeny tiene un pequeño defecto en los oídos, ¿verdad?

EL ARCHIDIÁCONO.––Su sordera es una gran privación para ella. Ahora no puede oír mis sermones.

Los lee en casa. Pero encuentra muchos recursos en sí misma, muchos recursos.

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LADY HUNSTANTON.––¿Supongo que leerá mucho?

EL ARCHIDIÁCONO.––Sólo los libros con letra grande. Su vista se extingue rápidamente. Pero nunca se queja, nunca se queja.

GERALD.–– (A Lord Illingworth.) Hable usted con mi madre antes de entra al salón de música, Lord Illingworth. Parece creer que usted no pensó lo que me dijo.

MISTRESS ALLONBY.––¿No entra usted?

LORD ILLINGWORTH.––Dentro de un instante. Lady Hunstanton, si mistress Arbuthnot me lo permite, quisiera hablar unas palabras con ella, y después me uniré a ustedes.


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