Una mujer sin importancia
Una mujer sin importancia LORD ILLINGWORTH.––Bueno, Rachel, lo pasado, pasado. Todo lo que ahora tengo que decir es que me agrada mucho, mucho, nuestro hijo. La gente lo conocerá simplemente como mi secretario particular, pero para mà será algo más próximo y más querido. Es curioso, Rachel; mi vida parecÃa estar enteramente completa. No era asÃ. Me faltaba algo. Me faltaba un hijo. Ahora he encontrado a mi hijo. Me alegro de haberlo encontrado.
MISTRESS ARBUTHNOT.––No tienes derecho a reclamar ni la más pequeña parte de él. El muchacho es enteramente mÃo, y seguirá siendo mÃo.
LORD ILLINGWORTH.––Mi querida Rachel, lo has tenido para ti sola durante veinte años. ¿Por qué no me lo dejas un poco ahora? Es tan mÃo como tuyo.
MISTRESS ARBUTHNOT.––¿Estás hablando del niño que abandonaste? ¿El niño que por tu culpa podÃa haber muerto de hambre y de necesidad?
LORD ILLINGWORTH.––Olvidas, Rachel, que fuistes tú la que me dejaste, no yo quien te dejé a ti.
MISTRESS ARBUTHNOT.––Te dejé porque te negaste a dar al niño un nombre. Antes que mi hijo naciese, te imploré que te casaras conmigo.
LORD ILLINGWORTH.––Entonces yo no tenÃa posición. Y además, Rachel, yo no era mucho mayor que tú. Sólo tenÃa veintidós años, o veintiuno, creo, cuando todo empezó en el jardÃn de tu padre.