Una mujer sin importancia
Una mujer sin importancia MISTRESS ARBUTHNOT.––Cuando un hombre tiene la edad suficiente para hacer el mal, también la tiene para hacer el bien.
LORD ILLINGWORTH.––Mi querida Rachel, las generalidades intelectuales son siempre interesantes, pero las generalidades en moral no significan absolutamente nada. En cuanto a lo de que yo dejé a mi hijo que pasase hambre, es, por supuesto, incierto y tonto. Mi madre te ofreció seiscientas libras al año. Pero tú no aceptaste nada. Simplemente desapareciste, llevándote al niño.
MISTRESS ARBUTHNOT.––No hubiera aceptado ni un penique de ella. Tu padre era diferente. Te dijo en mi presencia, cuando estábamos en ParÃs, que tu deber era casarte conmigo.
LORD ILLINGWORTH.––¡Oh! El deber es lo que uno espera que hagan los demás, pero que nunca hace uno mismo. Naturalmente, yo estaba influido por mi madre. Todo hombre lo está cuando es joven.
MISTRESS ARBUTHNOT.––Me alegro de oÃrte decir eso. Ciertamente, Gerald no se irá contigo.
LORD ILLINGWORTH.––¡Qué tonterÃa, Rachel!
MISTRESS ARBUTHNOT.––¿Crees que le permitirÃa a mi hijo...?
LORD ILLINGWORTH.––Nuestro hijo.