Una mujer sin importancia
Una mujer sin importancia LORD ILLINGWORTH.––Nunca debe decÃrseles eso, porque todas se harÃan buenas. Las mujeres son un sexo fascinadoramente terco. Toda mujer es rebelde y corrientemente se revela salvajemente contra ella misma.
GERALD.––¿No se ha casado usted nunca, Lord Illingworth?
LORD ILLINGWORTH.––Los hombres se casan porque están cansados; las mujeres, por curiosidad.
Ambos se llevan una desilusión.
GERALD.––Pero ¿no cree que uno puede ser feliz cuando está casado?
LORD ILLINGWORTH.––Perfectamente feliz. Pero la felicidad de un hombre casado depende de las mujeres con las que no se ha casado, querido Gerald.
GERALD.––Pero ¿si uno está enamorado?
LORD ILLINGWORTH. Uno siempre está enamorado. Ésa es la razón por la que nunca debe casarse.
GERALD.––El amor es algo maravilloso, ¿no?
LORD ILLINGWORTH.––Cuando uno está enamorado, empieza por engañarse a sà mismo. Y termina engañando a los demás. Eso es lo que el mundo llama un romance. Pero una verdadera «grande passion» es muy rara hoy dÃa. Es el privilegio de la gente que no tiene nada que hacer. Ésa es la única utilidad de la clase ociosa en un paÃs, y la única explicación posible de nosotros, los Harfords.
GERALD.––¿Harfords, Lord Illingworth?