Una mujer sin importancia
Una mujer sin importancia LADY HUNSTANTON.––Le harÃa mucho bien, querida. La mayorÃa de las mujeres de Londres parece que no amueblan sus habitaciones con otra cosa que con orquÃdeas y con novelas francesas. Pero aquà tenemos la habitación de una santa. Flores frescas y naturales, libros que no escandalizan, cuadros que una puede mirar sin ruborizarse.
MISTRESS ALLONBY.––Pero a mà me gusta ruborizarme.
LADY HUNSTANTON.––Bueno, hay mucho que decir a favor del rubor, si una sabe tenerlo en el momento preciso. El pobre y querido Hunstanton solÃa decirme que yo no me ruborizaba lo bastante. Pero entonces él era muy particular. No me dejó conocer a ninguno de sus amigos, excepto a los que tenÃan setenta años, como el pobre Lord Ashton, que por cierto después estuvo ante el tribunal. Un caso muy desafortunado.
MISTRESS ALLONBY.––Me gustan los hombres de setenta años. Siempre ofrecen devoción para toda la vida. Creo que los setenta años es un edad ideal para un hombre.
LADY HUNSTANTON.––Es usted incorregible, ¿verdad, Gerald? ¡Ah! Espero que ahora su querida madre venga a verme con más frecuencia. Usted y Lord Illingworth se marcharán casi inmediatamente,
¿verdad?