Una mujer sin importancia
Una mujer sin importancia GERALD.––Mamá, haces mi intención terriblemente dificil al hablar asÃ, y no puedo entender por qué no quieres ver este asunto desde el punto de vista del derecho, desde el punto de vista lógico. Es para borrar toda la amargura de tu vida, para borrar la sombra que oculta tu nombre, para eso es para lo que debe tener lugar tu matrimonio. No hay alternativa; y después del matrimonio tú y yo podemos irnos juntos. Pero primero debe celebrarse éste. Es un deber que tienes que cumplir no sólo por ti, sino por todas las demás mujeres... SÃ; para que él no pueda deshonrar a ninguna otra.
MiSTRESS ARBUTHNOT.––No tengo que hacer nada por las demás mujeres. Ni una sola me ayudó.
No hay una sola mujer en el mundo a la que yo pueda pedir piedad, si la quisiera, o simpatÃa, si la pudiera ganarla. Las mujeres son duras entre sÃ. Anoche esa muchacha, con todo lo buena que es, escapó de la habitación como si yo fuese una cosa corrompida. TenÃa razón. Estoy corrompida. Pero mis errores son mÃos, y puedo soportarlos sola. Debo soportarlos sola. ¿Qué tienen que ver conmigo las mujeres que no han pecado, ni yo con ellas? No nos comprendemos. (Entra Hester por el fondo, a espaldas de ellos.) GERALD.––Te imploro que hagas lo que te pido.
MISTRESS ARBUTHNOT.––¿Qué hijo pidió nunca a su madre que hiciese un sacrificio tan horrible?
Ninguno.