Una mujer sin importancia
Una mujer sin importancia GERALD.––¿Qué madre se negó a casarse con el padre de su propio hijo? Ninguna.
MISTRESS ARBUTHNOT.––Déjame entonces que sea la primera. No lo haré.
GERALD.––Mamá, tú crees en la religión y me educaste para que yo también creyese en ella. Bien; pues tu religión, la religión que me enseñaste cuando yo era pequeño, mamá, debe decirte que tengo razón. Lo sabes, te das cuenta de ello.
MISTRESS ARBÜTHNOT.––No lo sé. No me doy cuenta, ni iré ante el altar de Dios para pedirle que bendiga una burla tan horrible como serÃa mi matrimonio con George Harford. No diré las palabras que la Iglesia ordena decir. No las diré. No podrÃa atreverme. ¿Cómo podrÃa jurar amar a un hombre que odio, honrar a un hombre que me ha traÃdo el deshonor, obedecer al que con su experiencia me hizo pecar? No; el matrimonio es un sacramento para los que se aman mutuamente. No es para seres como él y como yo.