Cuentos completos
Cuentos completos La señora Dalloway dijo que ella misma compraría los guantes. Al salir escuchó las campanadas del Big Ben. Eran las once de la mañana y la nueva hora estaba tan pura, como si se la hubieran ofrecido a un grupo de niños en la playa. Había algo solemne en el balanceo de las campanas, en los golpes repetidos; algo incitante en el murmullo del tráfico y el arrastrar de los pies.
Sin duda no todos habían salido a hacer diligencias felices. Hay mucho más para decir sobre nosotros que caminamos por las calles de Westminster. El Big Ben tampoco es mucho más que unas varas de hierro que se habrían consumido por el óxido de no ser por el cuidado de la Oficina de Trabajo de H. M’s. Tan sólo para la Señora Dalloway el momento estaba pleno; para la señora Dalloway junio estaba puro. Una niñez feliz —y no sólo para sus hijas Justin Parry había resultado un sujeto agradable (débil, desde luego, en los Tribunales); flores al atardecer; el humo elevándose; el graznido de las grajas cayendo desde lo alto, y cae, y cae por el aire de octubre; nada puede ocupar el lugar de la niñez. Una hoja de menta lo trae de vuelta: o una taza con el borde azul.