Cuentos completos
Cuentos completos Pobres criaturas, suspiró y siguió caminando. ¡Oh, justo en las narices del caballo, pequeño diablillo! Y allí se quedaba, en el cordón de la acera, con el brazo extendido, mientras Jimmy Dawes sonreía de oreja a oreja desde el otro lado.
Una mujer encantadora, desenvuelta, entusiasta, con el cabello demasiado blanco para esas mejillas rosadas; así la veía Scope Purvis, Caballero de la Orden del Baño, mientras se apresuraba a entrar en su despacho. Ella se enderezó apenas, a la espera de que pase la camioneta de Durtnall. El Big Ben dio el décimo, y el onceavo campanazo. Los círculos plomizos se disolvieron en el aire. El orgullo la hacía mantenerse siempre muy erguida; así lo había heredado, así lo había transmitido, así se había acostumbrado, con disciplina y sufrimiento. Y cómo sufría la gente, cómo sufría, pensó, recordando a la señora Foxcroft en la Embajada la noche anterior, con sus joyas, carcomiéndose de envidia porque ese pobre niño había muerto y la vieja Manor House (pasó la camioneta de Durtnall) pasaría a una prima.
—¡Buen día! —dijo Hugh Whitbread junto a la tienda de porcelana, quitándose el sombrero de forma un tanto afectada, puesto que se conocían desde niños—. ¿A dónde va?
—Me gusta caminar por Londres —dijo la señora Dalloway—. ¡De veras, me gusta más que caminar por el campo!