Cuentos completos
Cuentos completos —Nosotros acabamos de llegar —dijo Hugh Whitbread—. Desgraciadamente a ver médicos.
—¿Milly? —dijo la señora Dalloway sintiendo inmediata compasión.
—No se siente bien —dijo Hugh Whitbread—. ¿Qué tal Dick?
—¡Muy bien! —dijo Clarissa.
Desde luego, pensĂł siguiendo camino, Milly tiene más o menos mi edad, cincuenta, cincuenta y dos. Probablemente sea eso, el tono de Hugh lo habĂa dejado claro, perfectamente claro. Querido Hugh, pensĂł la señora Dalloway, recordando con asombro, con gratitud, con emociĂłn, lo tĂmido, como un hermano —preferimos morir a hablar con un hermano—, que habĂa sido siempre Hugh. Cuando regresaba de Oxford, y quizá alguno de ellos (¡maldita sea!) no podĂa montar. ÂżCĂłmo, entonces, las mujeres podĂan ocupar asientos en el Parlamento? ÂżCĂłmo podĂan hacer cosas con los hombres? Porque tenemos ese profundo y extraordinario instinto, algo adentro nuestro, que no podemos controlar, inĂştil es intentarlo; y los hombres como Hugh respetan eso sin decirlo, que es lo que a nosotras nos gusta, pensĂł Clarissa, en el querido Hugh.