Cuentos completos

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Pasó bajo el Arco del Almirantazgo y vio al final de la calle, con los árboles delgados, la estatua blanca de la Reina Victoria, con ese aspecto maternal, esa amplitud, esa sencillez, siempre algo ridícula, y aún tan sublime, pensó la señora Dalloway, recordando los jardines de Kensington, y a la señora de las gafas de marco de cuerno, y cómo la niñera le decía que se detuviera de inmediato y que se inclinara ante la Reina. La bandera flameaba sobre el Palacio. El Rey y la Reina habían regresado. Dick la había visto en el almuerzo días atrás —una mujer por demás agradable—. A los pobres les importa tanto, pensó Clarissa, y a los soldados. Un hombre de bronce se erigía heroico sobre un pedestal; llevaba un arma en la mano izquierda… La guerra de Sudáfrica. Les importa, pensó la señora Dalloway caminando en dirección al Palacio de Buckingham. Allí estaba, con sus cuatro esquinas, bajo la plena luz del sol, inflexible, sobrio. Pero era el carácter, pensó; algo innato de la raza, lo que los indios respetaban. La Reina visitó hospitales, abrió comercios —la Reina de Inglaterra, pensó Clarissa mirando el Palacio. Ya a esta hora un auto cruzaba las puertas; los soldados hacían la venia; las puertas se cerraban. Y Clarissa, siempre muy erguida, cruzó la calle y entró en el Parque.



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