Cuentos completos

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Bond Street estaba atestada. Allí, como una reina en un torneo, altiva, majestuosa, estaba Lady Bexborough. Sentada muy erguida en el carruaje observaba detrás de las gafas. El guante blanco le quedaba flojo en la muñeca. Vestía de negro, la ropa algo gastada, pensó Clarissa; pero cómo se nota la educación, el respeto por uno mismo, nunca hablar de más ni dar lugar al chismorreo; una amiga extraordinaria; nadie podía encontrarle un defecto después de todos estos años. Y ahora, allí estaba, pensó, pasando al lado de la Condesa que aguardaba, tranquila, perfectamente maquillada, y Clarissa hubiera dado lo que sea por ser como ella, ser la señora de Clarefield, hablar de política, como un hombre. Pero ella nunca va a ningún lado, pensó; es prácticamente inútil invitarla, y el carruaje se fue y Lady Bexborough pasó como una reina en un torneo, aunque no tenía nada por qué vivir, y el esposo estaba mal de salud, y se comentaba que estaba harta de todo, pensó Clarissa, y los ojos se le llenaron de lágrimas al entrar en la tienda.

—Buen día —saludó con su voz agradable—. Necesito guantes —dijo con simpatía y, apoyando la cartera sobre el mostrador, comenzó a desabotonarse el abrigo—. Guantes blancos, por encima del codo.

Miró a la empleada a los ojos. ¿No era ella la joven que recordaba? Se veía avejentada.

—Estos realmente no me quedan —dijo Clarissa.


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