Cuentos completos
Cuentos completos Cuando nos vamos al campo, pensó Clarissa. O de caza. Pasa quince días en Brighton. En una pensión algo viciada. La dueña del lugar escatima el azúcar. Qué fácil sería enviarla a lo de la señora Lumley, en el campo (y estaba a punto de decírselo). Pero recordó cuando Dick le demostró en la luna de miel cuán insensato era dar de manera impulsiva. Era mucho más importante, dijo, hacer negocios con China. Desde luego tenía razón. Y pensó que no le caería que se lo ofreciera. Allí estaba en su lugar. Dick también. Vender guantes era su trabajo. Mantenía sus pesares bien separados, «y nunca llorará, nunca llorará», las palabras grabadas en su cabeza. «Del contagio del estúpido mundo», pensó Clarissa con el brazo tieso, pues hay momentos en que parece inútil (la vendedora le quitó el guante dejándole el brazo empolvado) —simplemente uno ya no cree en Dios, pensó Clarissa.
De repente el ruido del tránsito era ensordecedor; las medias de seda brillaban. Entró una clienta.
—Guantes blancos —dijo con un timbre en la voz que a Clarissa le resultó familiar.