Cuentos completos

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Solía ser tan fácil, pensó Clarissa. Desde lo alto, atravesando el aire, caía el graznido de las grajas. Cuando Sylvia murió, cientos de años atrás, los setos de tejo se veían tan bellos con las telarañas como diamantes en la neblina antes de la misa de la mañana. Pero si Dick muriera mañana… En cuanto a creer en Dios (no, dejaría que los hijos eligieran, pero en lo personal, como Lady Bexborough, que abrió la tienda de venta benéfica, así dicen, con el telegrama en la mano —Roden, su preferido, había muerto—, seguiría adelante). ¿Pero por qué, si uno no cree? Por los otros, pensó, con el guante en la mano. La vendedora sería mucho más infeliz si no creyera.

—Treinta chelines —dijo la vendedora—. No, disculpe, son treinta y cinco chelines, señora. Los franceses son más caros.

Porque uno no cree por sí mismo, pensó Clarissa.

La otra clienta tomó un guante y al estirarlo la tela se desgarró.

—¡Oh! —exclamó.

—Una falla en la seda —dijo la mujer de pelo gris enseguida—. A veces puede caerse una gota de ácido en la tintura. Pruebe estos, señora.

—¡Pero es una estafa que los cobren dos libras y diez chelines!

Clarissa miró a la mujer; la mujer miró a Clarissa.


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