Cuentos completos
Cuentos completos —Los guantes ya no se fabrican con la misma calidad desde la guerra —dijo la vendedora disculpándose con Clarissa.
¿Pero a dónde había visto a esa mujer? Una mujer mayor, con un cuello de volados y un cordón negro sosteniendo las gafas doradas. Elegante, inteligente, como un dibujo de Sargent. Cómo por la voz se puede distinguir a las personas que tienen el hábito de mandar.
—Son un tanto ajustados —dijo.
La vendedora se alejó otra vez. Clarissa aguardó. Ya no temas al calor del sol. Ya no temas, repitió. Tenía pecas marrones en el brazo. La vendedora se arrastraba detrás del mostrador. Tu mundana tarea está concluida. Miles de jóvenes han muerto pero la vida continúa. ¡Al fin! Apenas por encima del codo; botones de perlas; cinco y cuarto. Mi querida y lenta vendedora, ¿crees que puedo quedarme aquí toda la mañana? ¡Ahora te tomarás veinticinco minutos para traerme el vuelto!
Se escuchó una fuerte explosión en la calle. La vendedora se encogió detrás del mostrador. Pero Clarissa, muy compuesta, sonrió a la otra mujer.
—¡Señorita Anstruther! —exclamó.