Cuentos completos
Cuentos completos Las palabras de la señorita Craye, que interpretaba el último acorde de la fuga de Bach, la sorprendieron muchísimo. ¿De veras la señorita Craye iba a Slater’s a comprar alfileres?, se preguntó Fanny Wilmot, descolocada por un momento. ¿Se paraba frente al mostrador y esperaba como cualquier otro cliente? ¿Le envolvían los peniques con la boleta? ¿Metía los alfileres en la cartera y, una hora más tarde, de pie junto al tocador, los sacaba? ¿Qué necesidad tenía de comprar alfileres? Pues más que vestirse se cubría, como un escarabajo bajo su caparazón, de azul en invierno y de verde en verano. ¿Qué necesidad tenía Julia Craye de comprar alfileres? Julia Craye, que parecía vivir en el frío y cristalino mundo de las fugas de Bach, tocando para sí lo que quería, aceptando tan sólo a uno o dos estudiantes del Colegio de Música de la calle Archer (eso decía la directora, la señorita Kingston) como un favor especial a ella, quien «la admiraba profundamente en todos los sentidos». La señorita Craye había quedado en muy mala posición al morir su hermano, se temía la señorita Kingston. Oh, solían tener tantas cosas bellas cuando vivían en Salisbury; su hermano Julius era, desde luego, un hombre muy reconocido, un arqueólogo famoso. Era un privilegio quedarse con ellos, decía la señorita Kingston («Eran conocidos de mi familia, eran personas corrientes de Salisbury», decía la señorita Kingston), pero algo atemorizante para un niño. Había que tener cuidado de no golpear la puerta o entrar a la casa en forma abrupta. La señorita Kingston, que hacía pequeñas caracterizaciones como ésta el primer día de clase mientras recibía cheques y hacía recibos, sonrió en este momento. Sí, era algo tosca de niña; entraba a la casa de un arrebato y hacía saltar la vasija romana y los demás objetos en la vitrina. Los Crayes no estaban acostumbrados a los niños. Ninguno de los Crayes estaba casado. Tenían gatos; los gatos, creía ella, sabían tanto de las urnas y vasijas romanas como ellos.