Cuentos completos
Cuentos completos La casa estaba vacía, y como era la única persona en la sala, me sentía uno de esos naturalistas que, cubiertos de césped y hojas, observan agazapados a los animales más tímidos: tejones, nutrias, Martín pescadores, moviéndose con la libertad del que se sabe invisible. La habitación estaba llena de esas tímidas criaturas esa tarde; y luces y sombras, cortinas volando, pétalos cayendo; cosas que nunca suceden, o así parece, si alguien está mirando. La tranquila y vieja habitación de campo, con sus alfombras y chimenea de piedra, la estantería hundida y los armarios laqueados en rojo y dorado, estaba llena de criaturas nocturnas. Venían haciendo piruetas en el suelo, caminando en puntillas y extendiendo la cola. Daban picotazos con sus picos insinuantes, estirando el cuello como si fueran grullas o bandadas de elegantes flamencos cuyas plumas rosadas estuvieran perdiendo el color, o pavos reales con reflejos plateados en las colas. La habitación se iluminaba y oscurecía, como si una sepia tiñera de repente el aire de púrpura. Y las pasiones, furias, envidias y tristezas de la habitación iban y venían, empañándola, como si fuera un ser humano. Nada permanecía igual por más de dos segundos seguidos.