Cuentos completos
Cuentos completos El viento susurró. En la habitación había corriente. Las puertas no estaban completamente cerradas, tampoco las ventanas. De vez en cuando una especie de onda se deslizaba, como un reptil, bajo la alfombra. La luz del sol formaba cuadrados verdes y amarillos sobre la alfombra, y al moverse el sol parecía señalar, como gastando una broma, un agujero sobre la alfombra, y allí se detenía. Y después seguía, con su dedo débil pero imparcial, y se detenía sobre el escudo de armas sobre la chimenea, iluminándolo con gentileza: las uvas, la sirena y las espadas. La señorita Antonia miró hacia arriba mientras la luz se hacía más intensa. Los Rashleighs, sus antepasados, habían sido dueños de vastas extensiones de tierra, así decían. Por allí. En el Amazonia. Piratas. Viajeros. Bolsas de esmeraldas. Explorando la isla. Tomaban prisioneros. Niñas. Allí estaba: todo escamas desde la cola hasta la cintura. La señorita Antonia sonrió. El dedo del sol apuntó hacia abajo y ella lo siguió con los ojos. Ahora se posaba sobre un marco de plata, sobre una fotografía, de una cabeza calva con forma de huevo, sobre un labio que sobresalía bajo un bigote, y el nombre «Edward» escrito con una rúbrica debajo.
—El Rey… —murmuró la señorita Antonia, dando vuelta la tela blanca sobre sus rodillas—, ocupaba la Habitación Azul, —agregó con un movimiento de cabeza mientras la luz perdía intensidad.