Cuentos completos

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Afuera, en King’s Ride, los faisanes se cruzaban delante de las escopetas. Salían de entre los matorrales, como pesados cohetes, como cohetes púrpura-rojizos; y a medida que ascendían, las escopetas disparaban en orden, con ansias, con fuerza, como si toda una fila de perros ladrara de repente al unísono. Un humo blanco permanecía en el aire un momento; después comenzaba a dispersarse lentamente hasta desaparecer.

En la ruta pronunciada había un carro detenido. Suaves y tibios cuerpos, con las garras flojas y los ojos aún brillosos yacían en su interior. Los animales parecían vivos todavía, pero agonizaban bajo las alas espesas y húmedas. Se veían relajados y cómodos, agitándose apenas, como si durmieran sobre una cálida frazada de plumas en el piso del carro. Después el señor, con su rostro abatido y manchado y sus polainas gastadas, maldijo y levantó el arma.

La señorita Antonia cosía. De vez en cuando una lengua de fuego envolvía el tronco gris que se extendía de un lado al otro de la chimenea; lo mordía con avidez y se extinguía, dejando un aro blanco donde había quemado el fuego. La señorita Antonia miró hacia arriba un momento, con los ojos bien abiertos, instintivamente, como un perro mirando el fuego. Luego, la llama se apagó y siguió cosiendo.


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